ALBERTO TRINIDAD “MINORÍAS DE UNO” (4ª Semana sobre 7 Delicatessen Literarias) (Reseña / Review #1151).

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Reseña actualizada. Publicada el 22 de agosto del año 2008 en Lux Atenea.

BIBLIOTECA LUX ATENEA – PASIÓN CULTURAL POR LOS LIBROS PUBLICADOS EN PAPEL
Desde el año 1999 difundiendo la cultura literaria más selecta (Clásica, Medieval, Romanticismo, Decadentismo, Simbolismo, Surrealismo, Ciencia-Ficción, Misterio y Terror, Filosofía, Poesía, Historia, Ciencia, Arte, Tecnología, Empresa…) a través de la Revista Cultural ATIS&NYD (1999 – 2002), Shadow’s Garden Webzine, Ouroboros Webzine, y LUX ATENEA (desde 2006 hasta la actualidad).

Quiero dar las gracias al genial escritor ALBERTO TRINIDAD por su cortesía al enviarme este promocional firmado y dedicado.

Publicado por: EDICIONES OBLICUAS, S.L.
ISBN: 84-935404-0-4
Edición: 2006 (RECIBIDO COMO PROMOCIONAL)

Antes de empezar a desarrollar el análisis de esta excelsa obra literaria en esta reseña tan especial para mi, quisiera agradecer muy afectuosamente a Alberto Trinidad, escritor/alquimista de esta obra maestra, tanto por su dedicatoria como por la cortesía mostrada hacia Lux Atenea. Cuando recibí su reciente obra “Minorías de Uno”, puedo asegurar a los cultos lectores de Lux Atenea que, además del precioso y atractivo diseño de su portada, tras esta bella y sutil imagen visual de presentación hay una idílica puerta tras la cual encontrarán momentos de lectura que vivirán intensamente. Cuando un libro llega a tocar la fibra sensible del lector de forma tan elegante, su lectura se convierte en esa maravillosa vía de luminosidad y de escape de la realidad, pasando a formar parte de su experiencia, de su personalidad, de sus sueños, de sus recomendaciones, y, sobre todo, de su intimidad emocional. A día de hoy, ésta ha sido la primera y única reseña que he escrito por segunda vez partiendo desde cero porque normalmente escribo las reseñas en una sola sesión, dejándolas prácticamente cerradas y concluidas salvo excepciones. En esta ocasión, aunque ya tenía escrita y terminada la reseña de esta novela desde hacía un tiempo, tras experimentar la reciente y brusca transformación de la perspectiva personal que uno tiene de esta vida, en la relectura de la reseña inicial me encontré con un mensaje al lector que consideré que estaba incompleto, con lagunas, y, en muchos sentidos, sin esa chispa y trasfondo existencial especial que da sentido a esta magna obra literaria. Inmediatamente borré esa reseña, rompí las hojas del cuaderno que contenían mis anotaciones y observaciones, y empecé a escribir este análisis en negro sobre blanco, o sea, a la vieja usanza (este fue el método de escritura utilizado en mis reseñas publicadas tanto en la Revista Cultural Gótica Atis&NYD, como en Shadow´s Garden Webzine). Cuando nos adentramos en el universo de “Minorías de Uno”, el lector toma contacto directo con sus cuatro protagonistas principales ya en sus primeras páginas. Con una introducción a la trama y a sus personajes tan perfectamente delimitada desde el inicio de la obra, el genial escritor Alberto Trinidad logrará preparar mentalmente al bibliófilo lector con lo que va a ser la estructura espacial y física en la que se van a mover estos personajes en cada uno de los doce capítulos que vertebran esta grandiosa historia de sueños y realidades. Sueños, realidades, dos palabras cuyos significados no son tan fáciles de describir y explicar por cada uno de nosotros, y, precisamente entre esas dos fronteras variables en función de la personalidad de cada lector, el talento de Alberto Trinidad se mueve literariamente como pez en el agua. ¿Qué es real y qué es onírico en “Minorías de Uno”? Esta pregunta se repetirá constantemente durante la apasionante lectura de estas páginas, pero preferiría cambiarla por otras dos mucho más “reales”: ¿qué es la realidad ahora mismo? y ¿sigue visitando el mundo de los sueños con la misma inocencia de antaño? Porque el libro “Minorías de Uno” es eso mismo, inocencia y pureza inconsciente convertidas en palabras cuyo significado debilitan la férrea disciplina impuesta por lo material, y por la oscura e insensible realidad lógica de lo humano. Por este motivo, cada uno de sus personajes viene marcado por uno de los cinco estados de la materia, salvo el físico y terrenal porque el reino de Morfeo se encuentra en las antípodas de lo terrestre. La etérea ligereza del mundo de los sueños es absolutamente incompatible con la densidad del reino terrenal en clave humana. Cinco estados del universo reducidos a cuatro en este alquímico reino nacido en la mente de Alberto Trinidad, y que están asociados en los siguientes emparejamientos: Alizia-Fuego, Dámaris-Agua, Leolo-Aire, y Senderei-Eter. Pasemos a conocer la encantadora realidad de cada uno de ellos.

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Alizia es el personaje más vital, más vivo, más luminoso, y más pasional de toda la obra. Alizia es Fuego, es el Rojo, es el Calor que desprende lo vivo porque tiene necesidad de sentirse viva, y porque aferrándose con fuerza a lo vivo, puede expandirse y ser más ella misma. Alizia huye de la rutina, odia la rutina, y con un intenso y vibrante universo interior por palpitante corazón, establece contacto con todo lo externo de forma mucho más sensible, sin atadura alguna, quedando fascinada con las relaciones que observa en su entorno como, por ejemplo, con el paralelismo que ella establece entre su pelo rojizo y el fuego, y entre su movimiento y el de las llamas. Pero esa particular y pasional visión de las cosas convertirá rápidamente en intrascendente al mundo exterior y, también, a las personas que en él habitan. Con una capacidad de abstracción absoluta y una tremenda sensibilidad al mensaje de los gestos observados en los demás, gracias a su análisis, Alizia tomará consciencia sobre cómo es la persona con la que está tratando. Por este motivo, a Alizia no le acaba importando lo que la persona está diciendo, sino qué está diciendo realmente a través de lo que está haciendo y gesticulando. Con el tiempo, Alizia descubrirá que el Conocimiento lo trasforma todo, pero cuando sus ojos logran revelar lo oculto, le acaba costando mucho asimilar su esencia verdadera, por lo que tiende a apartarse en su propio refugio cuando es víctima de la desconfianza. Fascinada con el tacto de las cosas, descubre que el tacto también puede trasmitir dolor. Otro personaje destacado es Dámaris, sinónimo de Agua y de su color favorito, el Azul, porque toma el medio acuático en su conjunto como un ente vivo. Dámaris siente auténtica pasión por el agua y por la sensación de ingravidez que uno llega a tener cuando está dentro, por lo cual agua y libertad son palabras que terminan estando fuertemente asociadas. Cuando Dámaris toma contacto con el mundo de la pintura, descubre que ese es el puente hacia su alma que andaba buscando, y decide realizarse como persona a través de este medio artístico usándolo como vía de Conocimiento para saber quién es ella realmente. También acaba descubriendo el misterio de la Luna y, desde entonces, nunca dejará de asistir a su cita nocturna con ella. En su relación con los demás, Dámaris no se muestra como es, sino como esperan que ella sea, por lo que no duda en hacer uso de la máscara para desviar la atención de los demás. Poseedora de una gran psicología en su relación con el resto de las personas, juega con ellas gracias al excelente análisis que realiza, pero se ofende con facilidad y se muestra muy inquieta ante la opaca intencionalidad. Buscando siempre el sentido de todo, le molesta mucho la limitación implícita en el nombre de las cosas, por lo que establece juegos de aprendizaje como método para extender sus fronteras mentales y, así, poder eliminar el filtro racional en la definición. Su Ego es muy poderoso, pero no lo identifica en absoluto con su auténtico Yo, por lo que forzosamente acaba necesitando proteger su intimidad de miradas ajenas para poder dar forma a su personalidad con cierta seguridad e independencia. Buscando la armonía para elevar su plano existencial, a Dámaris le gusta concentrarse en su Yo gracias a una gran sensibilidad ante lo sacro, y una muestra de ello es la pasión que siente por la luz de las velas. Disfrutando en extremo de los momentos placenteros, Dámaris termina atada al tiempo porque el tiempo es silencioso.

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Leolo es el Aire, y observa el universo como un pájaro enjaulado mirando al cielo, su verdadero hogar. Enganchado al espacio, a las distancias, a las estrellas, a los planetas, se identifica con la inmensidad del espacio cósmico. Por este motivo, las nubes, al ocultarle lo que más ama, se convierten en sus enemigas. Leolo necesita expansión a todos los niveles, pero con el tiempo convertido en un pesado lastre existencial, deja de buscar el eje de su existencia en lo externo para pasar a lo interior como fuente primordial de su vida. Con una luz y un sueño convertidos en su esperanza de un futuro mejor, tras tomar contacto con el mundo de la literatura, otra de sus grandes pasiones, acaba concibiendo su relación con la escritura como el camino íntimo más importante de realización personal. Con una mezcla de racionalismo e intuición, y con una inexistente dualidad interior con la que prejuzgar, a veces cambia lo material por lo mágico con unos excelentes resultados, pero al ser emocionalmente adicto al amor, y al establecer lo afectuoso como algo puramente íntimo y privado, en soledad termina anhelando la complicidad que se establece al estar en buena compañía. Pero para que Leolo se pueda abrir a otra persona, necesita un fetiche como conmutador emocional ya que se frustra y se ilusiona igualmente con la misma facilidad. Como gran amante de la armonía, vista como el eje fundamental que da vida a todo lo que le rodea, rechaza visceralmente la dejadez, la conformidad, y todo lo superfluo. Atravesando con su mirada los frívolos modos y las máscaras que llevan siempre las personas para tapar lo que realmente son, en cambio es feliz exprimiendo la esencia de lo fugaz, pero le entristece no poder volver a repetir ese momento o ese instante con esa misma pureza. Concentrándose en seguir avanzando gracias a los medidos pasos existenciales que va dando, termina identificando el color negro como el símbolo ideal para definir aquello que debe ser ocultado. Y es que Leolo adora lo único, pero también sabe muy bien cómo ocultar aquello que más ama. El otro personaje principal de esta obra es Senderei. Es Éter, y, por consiguiente, está marcado por lo celestial. En su búsqueda de la pureza original, de aquello que dio origen a todo lo que conocemos, irá poco a poco intuyendo y descubriendo el alcance de su propio poder, pero al ser un poder que no puede utilizar en el preciso momento que es descubierto, esa incapacidad le llevará a una completa inseguridad en sí mismo porque, en el fondo de todo, Senderei tiene miedo a descubrir en su interior quién es realmente. Según pasa el tiempo, en esa búsqueda al encuentro de la inocencia perdida descubre que el movimiento es vida, y ese universo que empieza a descubrir se niega a aceptarlo como parte de su verdadero mundo ya que esa realidad terrenal le aburre soberanamente. Con la soledad por compañera, Senderei tiene una esperanza ciega en que algo cambie radicalmente ese inhóspito mundo. Poseedor de una gran capacidad de abstracción como don personal, Senderei no solamente puede controlar sus viajes al reino de Morfeo, sino que, además, tiene plena consciencia cuando está presente en sus sueños. Pero, en esos dos mundos aparentemente tan alejados, la presencia de Senderei tiene su razón de ser.

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En “Minorías de Uno”, todo es magistralmente descrito por Alberto Trinidad a través de un estilo literario propio tan inimitable y tan imperecedero como los sentimientos. Desde un eclipse de Luna convertido en clave, hasta otros interesantes protagonistas en esta historia como Calixta, Kasandra, Yendwy, Irene, Dama Ylarthea… marcados siempre por la sensibilidad y por la capacidad de sufrimiento, por la frialdad, y por la incomprensión del mundo real en relación a las ilusiones, a la soledad, y al aislamiento. “Minorías de Uno” es una obra extraordinaria y conceptualmente cercana al Romanticismo por su final, y por este idealismo de su mensaje llevado hasta el límite. Por su calidad artística, Alberto Trinidad ha entrado por la puerta grande dentro del mundo de la literatura española. Ahora, solamente falta que el público conozca y disfrute este libro para comprobar cómo todo esto que he descrito en esta reseña sobre el autor y su obra es así de cierto. Con diferencia, “Minorías de Uno” es uno de los mejores libros que he leído en los últimos años, por lo que no tanto mi recomendación como mi valoración como joya de biblioteca se quedan muy cortos en este caso. Si todavía no has comprado un ejemplar de este libro, no eres plenamente consciente de lo que estás dejando escapar en cuanto a calidad literaria actual se refiere. “Minorías de Uno”, una obra tan reciente como el amanecer, pero tan profundo y lleno de sentimiento como el próximo atardecer. ¡¡¡Disfrútenlo!!!

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Félix V. Díaz
Reseña Cultural: 1151 // Reseña Literaria: 123
En Lux Atenea solamente escribo y publico reseñas sobre ediciones originales que he comprado, o recibido como promocional.

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