“CANTOS DE MALDOROR”, ISIDORE DUCASSE (Conde de Lautréamont) (4ª Semana sobre Literatura Gótica, Siniestra y Crónica Negra) (Reseña / Review #1180).

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Reseña actualizada. Publicada el 6 de enero del año 2009 en Lux Atenea.

BIBLIOTECA LUX ATENEA – PASIÓN CULTURAL POR LOS LIBROS PUBLICADOS EN PAPEL

Desde el año 1999 difundiendo la cultura literaria más selecta (Clásica, Medieval, Romanticismo, Decadentismo, Simbolismo, Surrealismo, Ciencia-Ficción, Misterio y Terror, Filosofía, Poesía, Historia, Ciencia, Arte, Tecnología, Empresa…) a través de la Revista Cultural ATIS&NYD (1999 – 2002), Shadow’s Garden Webzine, Ouroboros Webzine, y LUX ATENEA (desde 2006 hasta la actualidad).

Publicado por: VISOR LIBROS
ISBN: 84-7522-374-5
Edición: 1997 (EDICIÓN COMPRADA)

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En este blog cultural non-mainstream no he encontrado una manera mejor de celebrar este día de Reyes que ofrecer esta reseña a los bibliófilos lectores de Lux Atenea, analizando el pilar literario más obscuro que se haya esculpido con palabras dentro del pensamiento decadentista nacido en el siglo XIX: la colosal obra “Cantos de Maldoror” escrita por el Conde de Lautréamont, seudónimo utilizado por el poeta Isidore Ducasse (1846 – 1870). Junto al mítico genio simbolista francés Arthur Rimbaud (1854 – 1891), es considerado como uno de los poetas malditos más ilustres de esa convulsa era decimonónica, y no será hasta la llegada del maestro André Breton (1896 – 1966) y su Movimiento Surrealista en el siglo XX, cuando Isidore Ducasse finalmente se convierta en la figura literaria aclamada y reverenciada cuyo prestigio artístico ha llegado hasta nuestros días. Tanto los “Cantos de Maldoror” como sus “Poesías”, son consideradas como obras literarias de culto por su excelencia. Escrito entre los años 1868 y 1869, “Cantos de Maldoror” fue publicado en 1869, presentándose artísticamente como obscura poesía en prosa. El fruto literario más bellamente siniestro que la privilegiada mente de este joven de veintidós años daría al mundo, y cuya vida terminaría antes de cumplir los veinticinco (Montevideo, Uruguay, 4 de abril de 1846 – París, Francia, 24 de noviembre de 1870). Vertebrado en seis Cantos, de lo que no hay duda es que “Cantos de Maldoror” destila ese sadismo cuyas gotas van cayendo poco a poco en el lujurioso frasco de la perversión. Con el detalle en la descripción cargado de intensa fuerza lírica, en “Cantos de Maldoror”, los bibliófilos lectores de Lux Atenea también encontrarán pasión en la narración, belleza lírica vestida con el terciopelo negro de la tinta, y confesiones cubiertas por el lado más tenebroso del alma humana. En esta obra tan impactante y provocadora, la vida se ve como una peligrosa y letal fantasmagoría siempre al acecho de nuevas víctimas, siendo el Conde de Lautréamont quien reclame sus dominios más allá de los límites marcados por la moral.

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Si analizamos esta obra incomparable de forma más precisa y detallada, el Canto I aparecerá como el Canto más decorado y con más plasticidad lírica, presentando el escritor Isidore Ducasse un uso constante de la imagen animal como símbolo y como referencia directa del pensamiento. Como magna obra decadentista, la primera toma de contacto con “Cantos de Maldoror” siempre es dura, ácida, y con algunos fragmentos literarios que provocan repulsión. La sinceridad que Isidore Ducasse desarrolla a lo largo de toda la obra escandaliza, pero ese es precisamente su sello literario, su marca artística en esta obra que no deja indiferente a nadie. El Canto II, en cambio, es más conceptual y directo dentro de la visión indirecta ofrecida por su personaje principal, Maldoror. Aquí, el poeta sigue provocando pero de otra forma, ahondando en ese detalle que asaltará de forma violenta a la mente del lector. Mucho más escatológico es el Canto III, más depravado y provocativo, extendiéndose el autor en el espectáculo barroco de las acciones tortuosas hasta elevar un poco más la inmoralidad latente en estos párrafos obscuros llenos de corrupción. En el Canto IV, el Conde de Lautréamont juega con el peso de lo supuestamente correcto y decoroso dentro de la balanza moral y ética que, en realidad, es observada y mostrada como la máscara de la Maldad convertida en ejemplo de bondad de cara al exterior. Por este motivo, el Canto IV es el más crítico, el más sarcástico, al transformarse en potentes descargas literarias lanzadas directamente a las bases que dan sentido a la sociedad y a quienes forman parte de ella, desnudando esa doble cara llena de hipocresía y de falsedad. Isidore Ducasse retornará al uso constante del símbolo en el Canto V, de la misma forma que lo utilizó en el Canto I, pero su esencia es mucho más siniestra, más luciferina y obscura. Un viaje tenebroso que resultará mucho más corto que los anteriores, pero mucho más inclemente y atroz. El final de la obra llegará con el Canto VI, quedando inquietantemente perfumado con esta ambientación melancólica que parece tender a justificar lo injustificable, siendo esto precisamente lo que eleve la gravedad de todo lo acontecido en cada una de estas páginas. En definitiva, seis Cantos que se convierten en seis niveles mentales a superar, o en seis monstruos creados para provocar o espantar a aquellos que se vean reflejados en sus páginas, y no desean verse a sí mismos con tanta nitidez y claridad en este espejo pulido por Isidore Ducasse.

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Centrándonos en el análisis de su personaje principal, Maldoror, le caracteriza su visión ácrata de la vida y su actitud rebelde como imagen del individualismo llevado al extremo. La figura de Maldoror es la Muerte andando sobre la tierra. La ausencia de conciencia alguna a la hora de cometer actos de barbarie, y la falta absoluta de consciencia a la hora de analizar las nefastas consecuencias que implican esas repugnantes acciones. Por este motivo, Maldoror se presentará en estas páginas como un ser humano sin limitaciones, un nuevo Calígula autoproclamado como Dios y un aspirante a la inmortalidad que, en realidad, está cavando la tumba que le apartará inexorablemente de la eternidad. Todo es extremo en Maldoror en su paso por la vida, atacando sin contemplaciones a otros seres humanos porque los desprecia, y porque la obra sagrada de Dios le repugna al tomarla como supuesta. Por este motivo, en los años posteriores a la publicación de esta obra se estableció un paralelismo entre la figura de Maldoror y Satanás, o incluso con el ángel caído (Lucifer), convirtiendo al libro “Cantos de Maldoror” en una obra maldita, en algo blasfemo, satánico, ya que la Iglesia siempre a considerado a los seres humanos como hijos de Dios creados a su imagen y semejanza. Pero, como nos indica el Conde de Lautréamont en boca de Maldoror, si así es el hijo y su tierra, así debe ser entonces el Padre y su Cielo. “Cantos de Maldoror” quedó impregnado con esa furiosa misantropía que se mueve entre los actos más salvajes y violentos del ser humano contra sus semejantes, y el sarcasmo y la burla más refinada contra ese elegido de Dios que es visto como un mortal virus absolutamente letal contra todo ser vivo que exista sobre la faz de la Tierra. Una especie humana con ese don divino para convertir el Paraíso terrenal en un terrible Infierno, y sin que el propio Satanás tenga que mover un dedo para persuadirlo o convencerlo sobre los oscuros motivos que le mueven a seguir ejecutando esas acciones implacablemente hasta el final. La apocalíptica batuta humana no necesita de aprendices como Satanás para saber cómo transformar la belleza eterna e inmortal de lo sacro, en esas irónicas sonrisas de la Muerte y del Caos bailando sobre los gritos y los lamentos de una Humanidad plagada de actos violentos, de crueldades horrendas, y de pensamientos atroces listos para ser convertidos en realidad.

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¿Estaba loco este poeta maldito para escribir con tan descarnada crudeza? A veces la imagen de la locura y de la desesperación no desvela otra cosa que la realidad humana, tantas veces maquillada con la imagen de la felicidad y de la fraternidad. Felicidad, ¿dónde se encuentra ese vergel donde te exiliaste? Fraternidad, ¿dónde se encuentra esa ayuda desinteresada que brilla con su intención salvífica, humilde, y pura? Creo que estos textos perfectamente podían sonar como voz en off en cualquier documental dedicado a mostrar la brutal devastación que la Humanidad está provocando en este planeta, siempre moviéndose en la salvaje y despiadada espiral del egoísmo, de la violencia, y de la destrucción. Homo homini lupus. “Cantos de Maldoror” tiene párrafos marcados con duras y reflexivas palabras que quedarían en siniestro equilibrio con las crudas imágenes que se grabaron en conflictos tan crueles e impactantes como Ruanda, Congo, Afganistán, Irak, Yugoslavia, Vietnam, Segunda Guerra Mundial, Primera Guerra Mundial… Los escenarios pueden cambiar, pero, en cuanto a su trasfondo humano, las imágenes y los relatos de esas tragedias siempre hablarán con el mismo lenguaje de Isidore Ducasse en esta obra, ya que es el eterno y demoníaco pensamiento latente en la mente humana. En definitiva, la lectura de “Cantos de Maldoror” siempre será un shock para la espiritualidad y para la sensibilidad, porque desvela la hipocresía humana, porque señala esas lápidas de mármol pulidas con la sangre derramada, porque descubre a esas personas que huelen a aguas corruptas, porque alerta sobre esas falsas creencias religiosas que ocultan lo infernal, y porque en su lectura se intuye el hundimiento de nuestra especie en el lodazal de sus pecados capitales. “Cantos de Maldoror”, obra cumbre de la literatura decadentista decimonónica. ¡¡¡Disfrútenlo!!! (o más bien, súfranlo)

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Félix V. Díaz
Reseña Cultural: 1180 // Reseña Literaria: 132
En Lux Atenea solamente escribo y publico reseñas sobre ediciones originales que he comprado, o recibido como promocional.

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