PELÍCULA / FILM “CONTROL”, 2007 – ANTON CORBIJN (Reseña / Review #2334).

Reseña Cultural nº: 2334 // Reseña Media nº: 118

Información Muy Importante / Very Important Information :
Esta reseña ha sido escrita por un ser humano, no por una Inteligencia Artificial / This review is a human writing, not an Artificial Intelligence writing

Director: Anton Corbijn
Guión: Matt Greenhalgh (basándose en el libro biográfico “Touching from a distance” de Deborah Curtis)
Actores principales: Sam Riley (Ian Curtis), Samantha Morton (Deborah Curtis), Alexandra Maria Lara (Annik Honore), Joe Anderson (Peter Hook aka Hooky), Harry Treadaway (Stephen Morris), James Anthony Pearson (Bernard Sumner), Craig Parkinson (Tony Wilson), Toby Kebbell (Rob Gretton), Andrew Sheridan (Terry Mason), Tanya Myers (Doreen Curtis, madre de Ian Curtis), Richard Bremmer (Kevin Curtis, padre de Ian)
País: Reino Unido Año: 2007 Productora: Becker International / EM Media Duración aprox.: 117 minutos
Publicado en España por: Avalon Año: 2009 Formato: DVD (Edición Comprada)
EXTRAS: – Comentarios del director

“El pasado es ahora parte de mi futuro. El presente se me ha ido de las manos.”

A los fieles seguidores del mítico artista británico Ian Kevin Curtis (1956-1980), lo que más les va a sorprender en esta película es el excelso nivel interpretativo mostrado por el artista británico Sam Riley, hasta el punto de parecer una resurrección en pantalla del propio Ian Curtis. El listón cinematográfico ha quedado tan alto, que será muy difícil de superar si en un futuro algún director de cine decidiera rodar una película sobre Ian Curtis o sobre Joy Division, y buscara un actor para interpretar a este artista convertido ya en leyenda musical. En la película de culto “Control” han quedado inmortalizadas las miradas de Sam Riley, sus gestos en las interpretaciones musicales en concierto, los mensajes no verbales de su cuerpo como revelación de su tragedia existencial, sus actos emocionalmente intensos, y sus terribles momentos depresivos… como si el alma del propio Ian Curtis lo hubiera poseído en esta película. ¡¡¡Chapeau, Sam Riley!!! Como analista musical, en mi vida hubiera pensado que un actor pudiera hacer una interpretación tan real de un artista musical tan complejo y difícil como Ian Curtis. Y la cámara no engaña. Las imágenes son muy claras a la hora de transmitir ese trasfondo, esas emociones, esos momentos que cambian el destino de una persona hasta llevarlo a la tumba por decisión propia porque la vida duele de forma extrema, y ya no tiene sentido seguir adelante. Ya no hay suelo firme donde apoyarse, y no hay nada a lo que agarrarse para no caer en el abismo. Ya no hay ni amor ni esperanza que lleven aire a los pulmones, mientras nos ahogamos existencialmente. Mientras la vida asfixia. El artista británico Sam Riley ha sabido cómo transmitir esa tragedia existencial, ese drama vivido por el artista Ian Curtis, una persona condicionada por su epilepsia, condicionada mentalmente por lo traumático que es esta vida, y, sobre todo, porque a pesar de sus defectos y virtudes se negó a caer en los atrayentes cantos de sirena de la sociedad y de la religión, que supuestamente traen consigo la felicidad. Ian Curtis lo vio como algo falso e incompatible con su ser, con su alma. Agobiado, incomprendido, agotado física y mentalmente, a Ian Curtis le queda la música como vía de comunicación con el resto del mundo, y su lírica es única a la hora de describir realidades existenciales que la sociedad, la familia, y la religión se niegan a reconocer, señalándolas y condenándolas incluso. La película “Control” es dramática, porque su vida fue dramática. La película “Control” está rodada en blanco y negro, porque en su mundo, en lo más importante de su mundo, mentalmente no hay color, no hay calidez sentimental, no hay complicidad o conexión vital salvo en contadas ocasiones. La película “Control” aborda un tema socialmente tan complicado como es el suicidio, pero es muy clara a la hora de que el melómano y/o cinéfilo lector de Lux Atenea observe cómo una persona llega a tomar esa firme determinación como vía de escape de un presente diabólicamente doloroso.

“Cuando contemplas la vida en una habitación desconocida, tal vez a punto de ahogarte, es ese el principio de todo.”

Hablar del ilustre maestro neerlandés Anton Corbijn dentro del mundo del arte fotográfico y cinematográfico, es hablar de un auténtico genio cuyas obras han marcado al mundo musical de forma indeleble. Dentro del panorama actual del Séptimo Arte, nadie mejor que Anton Corbijn para dirigir y rodar esta película sobre un artista de culto como Ian Curtis y su mítica banda musical Joy Division. Anton Corbijn ya nos sorprendió con la belleza de sus imágenes en el videoclip del legendario tema de Joy Division “Atmosphere”. En la película “Control” se centra principalmente en los últimos años de Ian Curtis, tanto a nivel personal como en su labor artística dentro de la mítica banda musical británica Joy Division. Visualmente, como los cultos lectores de Lux Atenea ya conocen, Anton Corbijn tiene un talento muy especial para crear imágenes que te atraen y que se quedan en tu mente por su belleza. Un equilibrio estético, una pasión por la fuerza visual que transmite el blanco y negro a nivel de fotografía e imagen (en “Control”, también gracias a magnífica perspectiva artística de Martin Ruhe), y una capacidad virtuosa para dar ese ritmo perfecto a la escena, no han hecho más que engrandecer aún más el valor artístico de la película “Control” a lo largo de los años. Incluso, a nivel audiovisual, y gracias a la mutación emocional y artística del actor Sam Riley interpretando a Ian Curtis en los conciertos incluidos en este largometraje, puede llegar a hacer confundir a algún futuro fan musical de Joy Division respecto al valor histórico musical de las imágenes que contemple, porque la calidad que muestran estas interpretaciones de Ian Curtis, como en el estilo de rodaje, pueden llegar a hacer creer que las secuencias rodadas de estos conciertos de Joy Division son de aquella época. Una muestra contundente del talento cinematográfico de Anton Corbijn en la película “Control”, y del actor Sam Riley como Ian Curtis. Un largometraje cuya visualización fascinará a los fieles seguidores de Joy Division, y a quienes desean conocer cómo era Ian Curtis fuera del mundo musical, gracias al guion escrito por Matt Greenhalgh basándose en el libro biográfico “Touching from a distance” de Deborah Curtis, viuda de Ian Curtis, y con la cual tuvo una hija, Natalie Curtis, nacida en el año 1979 (Ian Curtis se suicidó en 1980).

“Mi matrimonio fue un error.”

Esta película de culto comienza con Ian Curtis sentado en el suelo de la habitación, agarrando sus rodillas, cabizbajo, abatido, reflexionando sobre su vida en una habitación extremadamente austera, sin nada personal encima de la mesa, de la mesilla de noche, de ese pequeño armario de puertas correderas, y con la luz entrando por la ventana a través del visillo, iluminando esta estancia. Ian Curtis está completamente hundido a nivel moral y existencial, y contemplarle cabizbajo al final de la secuencia será emocionalmente desolador para el cinéfilo lector de Lux Atenea. A continuación, retrocedemos en el tiempo hasta el año 1973, situándonos en la ciudad inglesa de Macclesfield, viendo a Ian Curtis andando con la mirada fija en el suelo y concentrado mentalmente en sus propios pensamientos. Aislado emocionalmente del resto del mundo, reflejándose de forma clara cuando sus jóvenes vecinos le llaman para que les lance la pelota de futbol que se les ha escapado. Ian Curtis vive en su propio mundo, reafirmándose ese mensaje con su entrada en el entorno familiar donde no interactúa con nadie, aislándose en su habitación para fumar mientras escucha el tema “Drive-In Saturday” del mítico álbum de David Bowie “Aladdin Sane” en el giradiscos. Pensamientos, reflexión, y calma. En sus muebles están presentes tres archivadores: uno sobre novelas, otro sobre poemas, y otro sobre líricas, todo escrito por él. En sus paredes, destaca la imagen de Lou Reed. Recibiendo una visita en su habitación, conoce a Deborah, su futura novia y esposa, que entonces es pareja de su amigo Nick. Posteriormente, el director Anton Corbijn hará hincapié en la capacidad mental de Ian Curtis para abstraerse del mundo que le rodea cuando lo vemos en una clase de Química, y su gusto por tomar píldoras médicas para experimentar sus efectos. Posteriormente, la imagen de la mariposa en la ventana de la habitación de Deborah mientras Ian Curtis declama unos versos del ilustre poeta romántico inglés William Wordsworth (1770-1850), nos anticipa a través del símbolo sobre los cambios bruscos que se van a producir a partir de ese momento, confirmándose en la misma escena cuando Deborah toma la mano de Ian a escondidas de Nick. Sus miradas lo dicen todo. La toma de contacto con la magia musical atesorada en el álbum “Saladdin Sane”, lleva a Ian Curtis a decorar la pared de su habitación con imágenes de David Bowie, junto a las de Lou Reed. Este será el comienzo de la etapa de Ian Curtis con más color vital y expansiva a nivel existencial que verán en esta película, empezando a salir por la noche con Deborah. Vemos a Ian Curtis alegre, sonriente, comiéndose el mundo, y su beso con Deborah será un momento muy especial. Ian Curtis deja volar su imaginación, de nuevo, fumando sobre la cama de su habitación, con sueños artísticos de altos vuelos donde es protagonista junto a Deborah. Una relación que se idealiza en su mente, donde todo se acelera de forma precipitada impulsado por la incontenible energía del Amor, pidiendo a Deborah que se case con él. Se casan. Son felices. Se mudan a su propia casa. Están en la cresta de la ola de su relación sentimental y amorosa, pero, como decían los antiguos griegos, a los Dioses no les gusta ver a los seres humanos siendo felices, disfrutando intensamente la vida, o experimentando una etapa personal floreciente tocados por la Buena Fortuna. La Gran Sabiduría de la Cultura Griega sobre la existencia humana en este mundo.

“- Te quiero.
– ¿Qué significa eso?”

Ian Curtis está bebiendo una cerveza junto a sus amigos, y en la barra de ese local ven a Tony Wilson de Granada Televisión (interpretado por el actor Craig Parkinson). En esta escena vemos por primera vez a la mítica banda musical Warsaw (tomaron su nombre en honor a la canción “Warszawa” de David Bowie), con los legendarios Peter Hook (bajista interpretado por el actor Joe Anderson), Bernard Sumner (guitarrista y teclista interpretado por James Anthony Pearson), y Stephen Morris (baterista interpretado por Harry Treadaway), comentando a Ian Curtis que están buscando un vocalista para la banda. En esta escena, Anton Corbijn nos empieza a mostrar esas primeras fisuras en la relación de Ian con Deborah cuando ella aparece. Se marcha con ella, y Deborah le pregunta si tiene vergüenza de estar con ella junto a sus amigos. Ian Curtis permanece con el rostro serio y la cabeza agachada. Esta atmósfera de distancia emocional tendrá su continuidad en la siguiente escena con su asistencia al concierto de Sex Pistols, y con Deborah mirando a los miembros de la banda Warsaw a cierta distancia mientras Ian Curtis está fascinado con la actuación musical que está viendo. No hay complicidad, no hay conexión entre ellos. Deborah empieza a tener pensamientos de que no forma parte del mundo de Ian Curtis, que está al margen, permaneciendo contrariada. Ya como vocalista de Warsaw, es extraordinaria la interpretación del tema “Leaders of men” en concierto con Ian Curtis nervioso, tenso, agarrado al micrófono, sin mirar al público, y con Deborah presente cantando la letra de la canción entre el público. Parece que la carrera musical de Ian Curtis comienza a tomar forma, y, dentro de un plano sentimental, le propone a Deborah tener un hijo, aceptándolo con alegría. Con dinero de la economía doméstica, Ian Curtis paga el estudio de grabación y el primer disco de la banda musical Warsaw que, a partir de ese momento, se llamará Joy Division. Los melómanos lectores de Lux Atenea disfrutarán al ver la escena donde Bernard Sumner le enseña la portada del nuevo disco a Ian: la mítica portada discográfica del EP “An Ideal For Living” de Joy Division. Una edición que, más adelante, la banda tendrá la alegría de ver en Granada TV siendo recomendada por Tony Wilson en su programa de televisión sobre actualidad musical. Pero Ian muestra una actitud crítica porque lo que quiere es salir en su programa, y cuando lo ve en persona en el pub, así se lo dice a la cara con una actitud desafiante, confirmándole que actuarán en el siguiente programa. Cuando trabajando, Ian Curtis presencia el ataque epiléptico sufrido por una joven, el genial director de cine Anton Corbijn vuelve a lanzarnos otro mensaje que es clave en esta historia.

“Cuando salgo ahí, a cantar, la gente no entiende lo mucho que me entrego. Ni cómo me afecta. La gente quiere más, espera que dé más.”

Con Tony Wilson entre el público, Joy Division tocan el tema “Digital” en concierto, y por primera vez vemos a Ian Curtis con sus legendarios y extraños movimientos sobre el escenario durante su interpretación, convirtiéndose en una de sus señas de identidad artísticas más características e inconfundibles. En esta secuencia, la interpretación del actor Sam Riley es espectacular, tanto por sus gestos como por sus movimientos, sus miradas, sus ojos caídos mientras declama la lírica… Una vez terminado el concierto, conocen a Rob Gretton (interpretado por el actor Toby Kebbell) que quiere ser su agente tras quedar fascinado con su actuación musical y con la respuesta del público asistente. Joy Division ya tiene un agente, Terry Mason (interpretado por el actor Andrew Sheridan), pero Ian Curtis contacta con él para representarlos, poniéndoles en comunicación directa con el mítico sello discográfico Factory Records. Joy Division interpretarán el tema “Transmission” en el programa de televisión de Tony Wilson (con el actor Sam Riley superlativo en la interpretación), y les firma el contrato con Factory Records con su propia sangre como les había dicho, siendo inolvidable la visión de sus manos. Por fin, Joy Division saltan de la ciudad de Manchester a Londres, la capital de la industria musical británica y una de las más importantes del mundo en aquella época. Pero el concierto es un fracaso absoluto en cuanto a asistencia de público, siendo el retorno a casa difícil y complicado a nivel emocional para Ian que tiene un ataque epiléptico debido a la tensión. Tras pasar por el médico, le recetan fármacos y le aconsejan que no beba alcohol y que ordene su ritmo de vida cotidiana. Observando en el armario del cuarto de baño los medicamentos que ha de tomar, Ian Curtis empieza a ver que su mundo comienza a resquebrajarse, y los efectos secundarios de la medicación (somnolencia) afectan a su vida laboral. Todo se agrava en su mente cuando llama a la joven que sufrió un ataque de epilepsia, y le dicen que ha muerto debido a uno de los ataques. Ian se asusta y tiene miedo, y se refugia en la composición lírica para la banda musical. También observamos a Deborah cada vez más solitaria, durmiendo sola en la cama a pesar de sus solicitudes a Ian para que le acompañe, y la escena donde Deborah asiste al concierto mientras interpreta el tema “She’s Lost Control”, su cara lo dice todo. Son dos mundos separándose el uno del otro, y lo que provoca el inicio definitivo del cisma entre ellos es ver a Ian sonriente con otra mujer en el backstage, y su cara de sorpresa al verla allí.

“¿Te acostarías con otros hombres? Porque, si lo hicieras, no me importaría.”

Ian asiste al parto de su hija pero, cuando la ve, su rostro no es de felicidad, sino de preocupación, y ni siquiera la toma en sus brazos. En cambio, Deborah está encantada, feliz. Ian muestra miedo en su mirada, y abatimiento en sus gestos, en sus movimientos, escapándose de esa situación con la excusa de fumarse un cigarrillo. Cuando sale al exterior, resopla aliviado, pero tiene su mirada enfocada al suelo, su mano toca la frente con preocupación, su tensión existencial es muy clara, y la posterior imagen con Ian moviendo lentamente el carrito de bebé confirma de forma visual esa desconexión respecto a su rol de padre. Ian está hundido moralmente. Con una boca más que alimentar, Deborah se pone a trabajar, e Ian continúa dedicando sus esfuerzos a su carrera musical. La imagen de Ian Curtis interpretando el tema “Candidate” lo dice todo. Su destino se complicará aún más cuando conoce a Annik Honore (interpretada por la actriz Alexandra Maria Lara), que quiere hacer una entrevista a la banda para un fanzine belga. Cuando hablan a solas en la estancia donde el resto de la banda duerme, ambos conectan emocionalmente. Se encuentran cómodos el uno con el otro, y las miradas lo dicen todo. Cuando Ian retorna a su casa, se encuentra desubicado, como en un entorno que no es el suyo, y su mirada refleja tristeza, incluso cuando ve la ropa lavada y tendida de su hija, cuando observa los biberones. Cuando escucha a Deborah entrar en casa, hablando con su bebé, sus gestos son de rechazo. No hay amor. El contraste emocional llega cuando tienen sexo juntos en la cama, e Ian se echa a llorar. Está quebrado, hundido interiormente, perdido, y la escena con Ian observando a Deborah desde la ventana llevando a su hija en el carrito de bebé, es muy triste. Joy Division tocan fuera de Reino Unido, viéndose de nuevo con Annik Honore que no duda un segundo en besarle. Un contraste absoluto con la imagen de soledad de Deborah sentada con su hija en brazos, y con su cara seria, cansada, mirando el teléfono por si Ian le llama. Cuando Ian regresa a casa, Deborah le recibe sonriente con un cálido abrazo, pero la mirada de Ian es de resignación y con los brazos caídos, y no se besan. Deborah se sigue preocupando por Ian, le pregunta por su medicación, pero él está emocionalmente desconectado, y cuando le dice que le han echado de menos en casa, él huye de esa situación, permaneciendo de pie con los brazos cruzados. Cuando van juntos a la fiesta a la cual han sido invitados, Ian se muestra más relajado, y en el camino a casa, Ian le dice a Deborah que ya no la quiere. El mundo se resquebraja bajo los pies de Deborah después de esas palabras, caminando luego cada uno por su lado mientras suena el mítico tema “Love Will Tear Us Apart”. El himno musical por excelencia para los corazones románticos rotos. La canción continuará sonando mientras Ian se va de casa, y Deborah busca entre las pertenencias de Ian alguna pista que le demuestre claramente que está con otra mujer. Los melómanos lectores de Lux Atenea reconocerán inmediatamente la portada del álbum “Join Hands” de Siouxsie And The Banshees en las manos de Deborah cuando hace ese registro, encontrando el número de teléfono de Annik Honore allí escrito. Cuando llama, el número pertenece a la embajada de Bélgica, y allí avisan a Annik para que se ponga, confirmando las sospechas de Deborah.

“- Tengo un poco de miedo.
– ¿Miedo de qué?
– Miedo de enamorarme de ti.”

A partir de aquí, todo se acelera en el proceso de decadencia existencial de Ian Curtis, a pesar de la excelente noticia que les trae Rob Gretton a la banda, confirmándoles que tienen gira americana en el mes de mayo. Todos se alegran menos Ian, que se queda petrificado y muy serio, y, al volver a casa, Deborah le pide explicaciones sobre su relación con Annik, volviéndose a bloquear mentalmente mientras permanece callado. Deborah le dice que le quiere, pero su relación está definitivamente rota. Una de las escenas más dramáticas y emocionalmente tristes que verán en este largometraje. Quien ha amado de verdad, desde lo más profundo de su corazón, se sentirá identificado con los sentimientos de Deborah tratando de salvar un amor que ya es pasado. Que ya es irrecuperable. Que ya no tiene luz ni alegría. Y Deborah pone el punto y final a la relación. Ian trata de volver con Deborah, pero el daño sentimental y emocional está hecho. De vuelta con la banda musical, con las grabaciones en el estudio, Ian Curtis se empieza a aislar mentalmente del resto del mundo, como así le vimos al comienzo de la película. Pero ahora está destruido emocionalmente por dentro, y la sensación de soledad es terrible, sintiéndose ese trasfondo en su estilo interpretativo para la lírica de la canción “Isolation”. Vemos a Ian Curtis bajo la lluvia, besando a Annik, unido a ella como último refugio, abrazándola. Luego contemplar a Ian sobre el escenario con movimientos pesados y con su mente en otro lugar mientras suena el tema “Dead Souls”, con sus inconfundibles bailes, todo en Ian se va transformando en una danza macabra mientras el público disfruta del espectáculo, llegando a sufrir un nuevo ataque epiléptico sobre el escenario por el agotamiento y por la tensión emocional acumulada. Cuando lo sacan del escenario y lo llevan al backstage, Ian se recupera pero le faltan las fuerzas, y ni siquiera la entrada de Annik le hace cambiar la expresión en el rostro. Ian Curtis necesita paz interior, descansar física y mentalmente, pero la vida no le da descanso alguno. Con Annik preocupada por el estado en el que le encuentra, la tristeza en sus ojos nos adelanta lo trágico que se cierne en el horizonte, y, aunque trata de animarlo, Ian ya no es ni la sombra de la persona que conoció. Su mirada caída refleja su perdición y, a pesar de su fugaz sonrisa, no está en paz consigo mismo ni con la vida. Ian mira a Annik apesadumbrado, con tristeza, y Annik le mira tratando de encontrar la forma de sacar a Ian de su desgracia, pero no sabe cómo. Le observa, y aparecen las dudas.

“No sé qué decir. Nunca había sentido algo así antes, pero… al mismo tiempo, siento que en realidad todavía no sé nada de ti. No me conoces…”

Ian regresa a su casa, pero está cansado. La vida le ha machacado. Cuando entra en su casa y ve a su hija Natalie, por primera vez le lanza una pequeña sonrisa, y Deborah se alegra al encontrarse con él. Le da incluso un beso, pero Ian sigue siendo emocionalmente frío con ella, marchándose al pub a tomar algo. Al regresar borracho a casa, despierta a Deborah confesándole que no quiere hacerla daño, cayendo al suelo a continuación. La imagen de la carta dirigida a Deborah, apoyada en su fotografía de bodas enmarcada, es otra de las claves que Anton Corbijn nos muestra, y cuando Deborah lee su mensaje, supone otro jarro de agua fría en su vida. Ian es hospitalizado, dado de alta, pero los médicos le informan que se encuentra muy débil y que debe descansar. Abandona la banda Joy Division, de nuevo deja atrás a Deborah, pero termina volviendo al grupo musical. Ahora tiene miedo escénico, y cuando es sustituido por otro vocalista en un concierto, Ian sale de su bloqueo mental y aparece en el escenario para ofrecer una de sus interpretaciones más intimistas y decadentes. Pero mira al público y no hay conexión, solo tensión interior en aumento. Cuando de nuevo es sustituido, la violencia se desata entre el público al desear su vuelta al escenario. Posteriormente, ver a Ian Curtis sentado en el escenario mientras contemplamos cómo ha quedado la sala de conciertos tras el incidente, es una de las imágenes más icónicas de esta película. Una imagen cuyo mensaje simbólico y metafórico lo dice todo. Tony Wilson trata de animarle al verle hundido, explicándole que ese momento que ha vivido ha sido musicalmente extraordinario, pero Ian está perdido, existencialmente perdido. Ian se ha convertido en un juez implacable consigo mismo, autocastigándose sin compasión alguna. Su mirada lo dice todo. Luego Ian, en compañía de Annik, visita a Rob Gretton porque necesita alojamiento debido a sus dificultades económicas, y que Rob reciba la llamada de Deborah en ese momento completará esta tensa escena con mucha carga irónica, y muy triste para Deborah. Como es normal, Deborah le pide el divorcio a Ian. Deborah ha llegado a su límite.

“- ¿Va todo bien?
– No lo sé.”

Ian Curtis entra en un periodo de reflexión sobre su vida, sobre su pasado, sobre sus emociones y sentimientos con Deborah y Annik, y los pensamientos suicidas empiezan a cobrar forma en su mente como vía de escape de su doloroso e inasumible presente. La visión de la cuerda en la polea como destello visual, anticipa su dramático final. Luego, ver a Ian hablando por teléfono con Annik en esa cabina telefónica, es una de las imágenes más oscuramente bellas que verán en esta película sobre su hundimiento psicológico absoluto, notándose claramente hasta en su tono de voz. Esa sucesión de cambios anímicos y psicológicos tan drásticos en Ian, le dejan confundida a Annik. Posteriormente, la estética industrial de las imágenes urbanas proyectan esa desolación emocional propia del mundo moderno deshumanizado, mientras escuchamos la voz en off de Ian haciendo una confesión a Annik sobre sus pensamientos, sobre su doloroso presente, y sobre su imposibilidad de poder cambiarlo. Ian mira al cielo. Luego baja la mirada y acepta resignado cómo su vida se apaga. Cuando Ian sale de la escena, con su inseparable cigarrillo en la boca, en realidad está saliendo de esta vida de forma definitiva. En soledad, como siempre se ha sentido, afronta un destino cuyo epílogo vital observa ya muy próximo en el horizonte. Cuando desaparece, la visión de la paloma volando es muy directa en su significado simbólico. ¡¡¡Solamente la creativa mente de Anton Corbijn es capaz de rodar una escena así!!! Ian regresa a la casa de sus padres, para sorpresa de su madre, pero le cuesta comer. Comer significa querer vivir, y no quiere seguir viviendo. La escena de la comida familiar es emocionalmente nítida: su padre (interpretado por el actor Richard Bremmer) está a lo suyo, su madre (interpretada por la actriz Tanya Myers) se preocupa por su estado anímico y lo observa, e Ian está inmerso en sus pensamientos existenciales. Cuando aparece la escena donde escribe la carta, llegamos a la misma secuencia del principio de la película, con Ian Curtis sentado en el suelo de la habitación. La atmósfera es sepulcral, mortuoria. A punto de iniciar el viaje de gira con la banda musical a los Estados Unidos de América, Ian quiere ir antes a visitar a Deborah, se lo comenta a su madre pero hace un gesto que es clave: se quita su anillo y lo deja sobre la mesa. Como tiene llave, entra en la casa, se sienta delante del televisor, fuma y bebe mientras ve la película “Stroszek” (1977) de Werner Herzog que estaban emitiendo en ese momento. Una película deprimente con su estado anímico: mala elección. Ian Curtis llora. Cuando Deborah llega por la noche y entra en casa, se encuentra con Ian pidiéndola que no se divorcie de él, y ella le dice que él está con otra mujer. Pero Ian no quiere dejar a Annik. Cuando echa de casa a Deborah, diciéndola que al día siguiente se habrá marchado, todo se ha acabado. Sigue bebiendo. Pone el álbum “The Idiot” de Iggy Pop en el giradiscos, escribe su carta de despedida, sufre un ataque epiléptico, su gran miedo, y, cuando se recupera, volvemos a ver la imagen de la polea y la cuerda. Su muerte ya es sobradamente conocida cómo se produjo. Con la llegada de Deborah a la casa… nada mejor que la canción “Atmosphere” para poner banda sonora a ese momento, y también a las escenas donde se ve a la banda musical y a Rob Gretton hundidos tras conocer la noticia, a Annik saliendo del funeral siendo consolada por Tony Wilson, a Deborah desesperada pidiendo ayuda, y finalmente el humo saliendo de la chimenea de la incineradora mientras se disipa en el aire.

“Estoy pagando caro mis errores del pasado. Nunca pensé que una equivocación en mi vida hace cuatro o cinco años, haría que me sintiera como me siento.”

Hablar de la película de culto “Control”, es hablar de un largometraje con una de las mejores bandas sonoras para proyectar esencia musical a sus inolvidables escenas. La visión del edificio donde vive Ian Curtis, de la casa de sus padres, y de su habitación mientras suena el tema musical de David Bowie “Drive-In Saturday”, es inolvidable; el tema “2HB” de Roxy Music aparece cuando Ian Curtis observa cómo Deborah y su amigo Nick se besan; y ver a Ian Curtis fumando en soledad acostado en la cama de su habitación, mientras suena la legendaria canción “The Jean Genie” (perteneciente también al álbum “Saladdin Sane” de David Bowie) tras haber logrado atraer la atención de Deborah, y verle bailando delante del espejo tras haber escrito en el espejo las iniciales J G (Jean Genie), es otra de las pocas escenas con luz vital en la película. El extraordinario tema de Iggy Pop “Sister Midnight” en la escena de Ian Curtis tomando cervezas en el pub con sus amigos, adquiere un siniestro protagonismo en esta historia al ser una canción perteneciente al legendario álbum de Iggy Pop “The Idiot”; y la canción “Problems” interpretado por Sex Pistols en su concierto, tiene un título claro y directo sobre el estado sentimental de Deborah e Ian Curtis en ese momento. El tema “No Love Lost” con Ian Curtis andando pensativo por la calle, encendiendo su cigarrillo, y con la palabra HATE en su espalda rumbo a la oficina de desempleo donde trabaja, te marca visualmente. Ya como banda musical Joy Division, juntos ven en la televisión a los míticos The Buzzcocks interpretando su tema “Boredom”; en la secuencia perteneciente al tema “Digital” de Joy Division vemos a Ian Curtis con sus tensos movimientos sobre el escenario tan inconfundibles; y la interpretación en televisión de su tema “Transmission” se convierte en uno de los momentos con más magnetismo audiovisual en esta película. Además, el tema “Insight” pone banda sonora a una de las secuencias más bellas con la puesta de sol como fondo, el viaje en carretera, y el rostro de perfil de Ian Curtis transmitiendo un armonioso hieratismo, teniendo su continuidad musical en la interpretación en Londres del mismo tema en concierto. Puro arte audiovisual con el inconfundible sello artístico de Anton Corbijn. Otra de las mejores secuencias tiene como fondo sonoro al tema “She’s Lost Control”, con otra excelsa interpretación del actor Sam Riley. Ian Curtis interpretando el tema “Candidate” crea una atmósfera desoladora, sobrecogedora, y la tristeza más profunda se respira cuando suena el tema “Love Will Tear Us Apart”, mientras Ian y Deborah caminan cada uno por su lado y, una vez en casa, Ian se marcha dejando a Deborah emocionalmente hundida. Otra de las escenas más impactantes y simbólicas en esta película. Escuchar el tema “Isolation” mientras Ian observa el mundo desde la ventana de un tren, es otra de las imágenes más decadentes, reforzándose ese mensaje al observar a Ian Curtis declamando su lírica en el estudio de grabación. Pero es en la interpretación del tema “Dead Souls” donde el actor Sam Riley se transmuta artísticamente en Ian Curtis. Otra joya audiovisual atesorada en “Control”. Y The Velvet Underground será protagonista musical con su tema “What Goes On” cuando Ian Curtis se va al pub a tomar algo en solitario, permaneciendo pensativo, fumando, con su mirada depresiva. La entrada del tema “Disorder” como mensaje musical muy claro sobre los miedos y temores de Ian Curtis, será la antesala de otra excelsa interpretación por parte del actor Sam Riley con Ian Curtis fuera de sí, al igual que en la escena con el tema “Hypnosis” de New Order como fondo, con Ian Curtis pensando en momentos emocionales y sentimentales vividos con Deborah y con Annik. Como tenebroso trasfondo musical cuando Ian Curtis pone el álbum “The Idiot” de Iggy Pop en el giradiscos, lo que suena es una versión instrumental para piano del tema “Atmosphere”, cuya versión definitiva comenzará cuando Deborah encuentra a Ian muerto. Luego, el tema “Exit” de New Order en los títulos finales se encargará de extender el telón de clausura musical en este largometraje. En esta obra maestra del Séptimo Arte.

“Todo se está desmoronando.”

A nivel artístico, también quisiera destacar el magnífico trabajo interpretativo realizado por la actriz Samantha Morton en el difícil papel de Deborah Curtis. Sus miradas cuando conoce a Ian Curtis, su timidez pero con mente decidida, su encantador rostro cuando besa a Ian Curtis por primera vez y cuando le pide matrimonio, desprenden una luz que irá apagándose de forma sublime en su interpretación tras convertirse Deborah en su esposa, y quedar encerrada en su casa. Ver su cara al casarse, ver su rostro alegre y sus gestos, sus movimientos, tendiendo la ropa en casa. Cuando lleva una taza de té a Ian Curtis, que de nuevo se aísla del mundo en una habitación, a partir de aquí, los cinéfilos lectores de Lux Atenea empezarán a sentir que los días de vino y rosas en esa relación han comenzado a declinar de forma lenta e inexorable, y, como suele pasar en la mayoría de parejas, traer un hijo al mundo (en este caso una hija) no será una tabla de salvación para esa relación con grietas sentimentales que les terminará ahogando existencialmente. Sus gestos reflejando pensamientos contrariados en el concierto de Sex Pistols, su nerviosismo y preocupación al ver a Ian Curtis en la televisión, cuando le pide a Ian que vaya a la cama con ella, en una solicitud que se repetirá en el futuro, o cuando tienen a su hija, la cara de Deborah no es la de una mujer enamorada. La magia del amor entre ellos se ha desvanecido, y la interpretación artística de Samantha Morton es muy rica en matices gestuales. Sus caras de preocupación por Ian, porque en el fondo le ama a pesar de las dificultades por las que pasa. El momento trágico extremo que sufre Deborah tras ver a Ian muerto, su soledad junto a su hija pidiendo ayuda en esa situación tan dramática, mostrarán al cinéfilo lector de Lux Atenea cómo la actriz Samantha Morton llegó a conectar emocionalmente en su interpretación como Deborah en esta película.

“Aunque algunas cosas se escapan a mi comprensión, sé que te amo y que te amaré siempre.”

Por mucho que se haya dicho o escrito sobre Ian Curtis, al final, como esencia real suya, de su interior, sólo queda su música, su lírica, y su muerte como salida de una realidad existencial terriblemente dolorosa y ya inasumible en su presente cotidiano. Una mirada al mundo observado como un infierno emocional, sentimental, espiritual, y lo que es peor, como un infierno que sigue drenando su alma de energía en el presente, y que nunca va a cambiar hasta su muerte. Y si ese es el destino, para qué esperar, para qué seguir sufriendo ya que el martirio es para los santos, e Ian Curtis nunca se vio como un santo sino como un ser humano con sus virtudes y sus defectos. Lo cotidiano, su presente, le resultaba imposible de aceptar por el tremendo dolor que ello le suponía interiormente. Ese es el poso existencial que siempre queda cuando escuchamos su música, cuando escuchamos su lírica, cuando Ian Curtis sabe cómo tocar nuestro interior porque hablaba sobre auténticas realidades, y no sobre lo que la sociedad, la familia, y la religión cuentan, venden, u obligan a realizar y cumplir para que supuestamente el individuo pueda realizarse en esta vida. O para ser un buen ciudadano, o para poder alcanzar sus metas por difíciles que sean. El infierno no es un destino post mortem. El infierno está aquí, en el presente, en nuestro presente, y como realidad ineludible e irrebatible que tiene como protagonista al ser humano. Como artista, Ian Curtis tuvo el valor y la sinceridad de mostrarlo en sus canciones con una belleza musical única, y tan especial que no ha sido ni superada, ni igualada. Canciones tristes… ¿y cómo es esta vida? Canciones dramáticas… ¿y cómo es esta vida? Canciones sobre la cruel tragedia que ha de soportar de forma casi sobrehumana una persona a quien le han roto el corazón… ¿y cómo es esta vida? Canciones que describen este páramo desolado para el alma del solitario que vive en este mundo, y cuya inteligencia y sensibilidad es su via crucis… ¿y cómo es esta vida?

“Nunca tuve intención de llegar a tanto.”

Y habrá personas que aún se sorprendan que se suicidara, o incluso que antepongan el rechazo a ese punto y final existencial por supuestos motivos morales y éticos como si se creyeran enviados de Dios. Mentes primitivas, de bajo nivel de consciencia que se creen todo lo contrario, pero que son incapaces de tener un mínimo nivel de sensibilidad emocional y sentimental como para darse cuenta que personas como Ian Curtis son torturados cada día por un destino que no le da un momento de respiro vital, ni de calma interior. La lírica de sus canciones es clara, nítida, oscura, real, afilada como el dolor y tan certera como una revelación existencial. Como una epifanía trascendente, pero en clave siniestra porque esta vida es siniestra. Y cuando, día tras día, se vive ese presente cotidiano tan terrible y la muerte con su sonrisa de complicidad te da la mano, es muy difícil rechazarla. Sobre todo, cuando ya no hay esperanza en el horizonte, en el futuro. Todas las puertas están cerradas. Todas. No hay salida. Y el dolor sigue ahí, taladrando el interior, sometiendo a presión a la mente, y haciéndose más grande con nuevos problemas que no dejan de aparecer para golpear con extrema dureza para conmocionar, para hundir. En este sentido, el artista y director Anton Corbijn supo cómo transmitir en imágenes ese trasfondo existencial, esa dramática realidad vivida por Ian Curtis, además de pulirlo a nivel artístico con la belleza siniestra porque esta vida no es un campo de rosas. Esta vida es emocional y sentimentalmente siniestra.

“He visto “Apocalypse Now” en el cine. No podía apartar los ojos de la pantalla.”

La película “Control” ha terminado. Solamente queda el silencio a tu alrededor, o algunos ruidos provenientes de la calle que llegan debilmente a tu estancia. Y quienes han amado a alguien desde el corazón, se han visto identificados al contemplar con atención algunas de sus escenas, comprendiendo que, en la película “Control”, no hay buenos ni malos en esa relación amorosa. Hay una triste tragedia vivida por dos personas que un día se quisieron, se desearon, se amaron. Es fácil identificarse con Ian Curtis tras haber sentido el mensaje de su lírica en las canciones, porque Joy Division es muy especial a nivel mental, emocional, sentimental, viviendo en este mundo donde el ser humano ya se ha encargado de convertir un vergel en un completo infierno para muchas personas. Pero Ian Curtis es una persona sensible, traumatizada, inadaptada, un outsider que no ha encontrado nunca su sitio, y se siente solo, aislado, incomprendido. Todo ello se percibe, se destila de forma existencial en su obra musical con absoluta nitidez, en temas convertidos en himnos muy personales e íntimos para muchos de sus seguidores. Una pasión siniestra, con esos fuertes vínculos que se establecen cuando encuentras en una canción, o en varias canciones de un artista o banda musical, esos pensamientos personales que nunca has compartido con nadie porque son tuyos, muy tuyos. Y si le añadimos la magia de la música a esa lírica, la conexión va directa a nuestra alma encarnada en este mundo, en este agrio y amargo presente. En la película “Control” también te identificas con Deborah si has amado a alguien de verdad, en cuerpo y alma, observando e identificándote con ella si tienes esa alma propia del Romanticismo donde el Amor en momentos difíciles te hace tener esperanzas de que todo pueda cambiar en algún momento. Un gesto, una mirada, un retorno deseado, y la sonrisa y la alegría vuelve a florecer a nivel existencial y casi espiritual, para luego volver a sufrir otra nueva decepción, otro nuevo viento emocional helado que añadirá una nueva cicatriz más a tu ya lastimado corazón. Así ha sido, es, y será el alma romántica. Esa alma encarnada que ama desde la Verdad, desde lo puro, desde el sacrificio absoluto si es necesario. Pero este mundo es un terreno hostil, cruel, inmisericorde con el espíritu romántico, con quienes aman desde el alma, con quienes tienen un alma que vuela y siente con pasión. Con pasión… compasión… un pequeño matiz en la pronunciación y todo cambia. Así de frágil es la pasión para que se pierda si no se cuida, si no se ama desde el alma, porque si no se ama desde el alma, entonces la pasión, el Amor, no es pasión o Amor, es obsesión, y la obsesión es un fantasma mental, una deformación del amor. El Amor no es obsesión, es esa conexión inefable que se siente desde el alma con intensidad, con fuerza, con luz, con iridiscente pasión estando juntos.

“He perdido el control. No sé qué hacer.”

Verán a Deborah en los días de vino y rosas, y también tratando de que el Amor y pasión no se mueran regándolo con la espera de un pequeño atisbo de cambio que dé esperanzas sobre un futuro mejor en pareja junto a Ian. Su presente es duro y amargo. Así es el mundo, creado por el propio ser humano para complicar su existencia, para engañarlo, para hacerle creer en falsedades cubiertas de supuestas verdades y valores morales y éticos. Un mundo que se muestra terrible para quienes no se adaptan a ser parte de su tormentosa dinámica destinada a dar continuidad al Mal en todas sus manifestaciones. Y si no te adaptas, serás machacado mental y espiritualmente por tu osadía. Como luz en la oscuridad, atraerás a todos los demonios que en este mundo, que en esta sociedad, que en tu familia, que en tus amistades, que en tus conocidos, que entre quienes te rodean, existen. Lo más triste de todo en la película “Control”, es que Deborah e Ian tienen una hija. Han traído un ser a este tenebroso mundo. Y todavía peor es que es el propio Ian Curtis quien se lo propone, para luego desentenderse completamente. Es muy triste e injusto cómo el ser humano y la mayoría de sus sociedades tratan a las mujeres en esa difícil y complicada situación: se quedan solas con un hijo o una hija que atender. El ser humano es cruel con las mujeres, limitándolas, condicionándolas, encadenándolas, cortándolas las alas. No es justo ni ética, ni moral, ni espiritualmente, aprovechándose de sus pensamientos mayormente condicionados por lo emocional y por lo sentimental. Esta realidad también está presente en “Control”. Por lo tanto, al culto lector de Lux Atenea que no haya visto esta película, le aconsejaría que no se centre solamente en Ian Curtis, sino también en Deborah, y con más razón si en algún momento le partieron el corazón por tener un alma romántica. Será muy fácil que se identifique con ella, con su sufrimiento, con sus esperanzas, con sus anhelos, con sus abatimientos, con sus miradas. Tener alma romántica siempre ha sido un acto heroico, y de lo heroico a lo trágico solamente hay un paso. “Control”, cuando el arte cinematográfico se vuelve excelso bajo la dirección de Anton Corbijn hasta convertirse en una obra maestra, en una película de culto. ¡¡¡Disfrútenlo!!!

“Esto es perdurar. El amor destruyó el orgullo. Lo que antes era inocencia, ahora nos vuelve la espalda. Una nube pende sobre mi. Marca cada movimiento profundamente en el recuerdo de lo que en otro tiempo fue amor.”

P.D: La noche. Un corazón roto paseando en solitario por las calles de la ciudad escuchando “Shadowplay”, “She’s Lost Control”, “Atmosphere”, “New Dawn Fades”, “Dead Souls”, “Love Will Tear Us Apart” en sus dos versiones, “Isolation”, “Ice Age”, “Novelty”, “Disorder”, “Heart And Soul”, “The Kill”… y con el tema “Something Must Break” sonando de forma especial cuando cuesta hasta respirar debido a la crisis existencial crónica. Se terminan de reproducir estas canciones, y el alma pide una nueva audición porque disfrutándolas baja la intensidad del dolor en la mente, y se vuelve a encontrar esa conexión única en la oscuridad de la noche con la música de Joy Division poniendo banda sonora a la ciudad. Poniendo banda sonora a un presente lleno de cortantes aristas, y con la voz de Ian Curtis conectando con el alma como pocos artistas son capaces de alcanzar. Cuando ya toca volver a casa, han pasado varias horas como si fueran minutos. Crisis, decadencia, Joy Division… Ian Curtis murió, pero no en el presente mientras alguien esté vivo en este mundo disfrutando su música.

Otras reseñas recomendadas:
JOY DIVISION “A DARKNESS IN MY SOUL – studio demos -” (EL TOPO RECORDS, 1988) (leer reseña)
“IAN CURTIS: EN CUERPO Y ALMA. CANCIONERO DE JOY DIVISION” (MALPASO EDICIONES, 2015) (leer reseña)

Félix V. Díaz
En Lux Atenea solamente escribo y publico reseñas sobre ediciones originales que he comprado, o recibido como promocional.

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