
Año 2026. Siglo XXI. El espíritu romántico decimonónico sigue latente, sigue vivo, sigue dando luz en el caos, en la decadencia burguesa entregada en esta centuria a comercializarlo todo, hasta el amor, hasta la atracción física, hasta los deseos que inexorablemente no serán satisfechos porque el Ego es siempre la insatisfacción, aunque se le dé todo lo que pida. El amor, la pasión, el ideal, la conexión espiritual que trasciende, en clave burguesa y mercantilista, es una app donde saber venderse, donde ser validado, donde dar satisfacción al Ego. App’s que desembocan en el hastío existencial y en la pérdida del deseo humano. En el lado opuesto, enfrente de esa realidad burguesa actual tan contundente en el presente como emocionalmente vacía de trascendencia, se encuentra el espíritu romántico decimonónico entregado en cuerpo y alma a lo pasional, al ideal, al deseo constante de elevación del plano existencial que provoca mayor intensidad emocional y de la sensibilidad. De la empatía por su trasfondo mental… unida al alma.
Y cuando llega la enfermedad, se siente como proceso de cambio existencial, como vía de elevación del alma que abrirá puertas y sensibilidades siempre vedadas a lo burgués, a su crónico materialismo tan denso como salvaje y despiadado a nivel humano. La enfermedad, para el alma romántica decimonónica, es vivida, sentida como desconexión de lo terrenal, de las tentaciones materiales y carnales que, como muy bien dicen los anglosajones al unirlo a la palabra “stone”, endurecen al corazón. A ese corazón estimulado por el romántico decimonónico durante su existencia, aunque la vida vaya dejándole profundas e incurables cicatrices en su corazón porque la sociedad burguesa desprecia aquello que nunca poseerá: sensibilidad, espiritualidad, y belleza sublime. Lo burgués se aleja del dolor, el alma romántica decimonónica toma al dolor como pago existencial inevitable en este mundo durante su búsqueda incansable de trascendencia, de belleza más allá de lo físico, de elevar su sensibilidad sabiendo que traerá consigo mayor dolor. Y, como no podía ser de otra forma, lo burgués atrapado en lo terrenal, en lo material, en la degradación de lo bello que lo estimula, huye de la Muerte, de todo lo relacionado con ella. La Muerte le aterra. En cambio, el alma romántica decimonónica da la mano a la Muerte porque es bella, siniestramente bella, y desvela realidades de este mundo y del interior del propio individuo que dan sentido a su existencia. Amor y Muerte, no hay nada que se funda más en el plano existencial del alma romántica decimonónica, que le impulse a seguir viviendo con intensidad y pasión teniendo siempre a la Dama Muerte sonriéndole a su lado.
Pero, en este año 2026, en Occidente, el dominio social de lo burgués está alcanzando su máxima expresión y manifestación a todos los niveles… y habrá a quien le sorprenda que precisamente Occidente esté en decadencia. En la Modernidad burguesa, eras un ciudadano. En la Posmodernidad actual en decadencia inexorable, no somos ciudadanos sino consumidores. Todo, absolutamente todo está etiquetado con su valor. Este entorno natural vale tanto dinero si se explota, esta persona vale tanto dinero y si se sabe vender bien a nivel social valdrá más, la obra de arte vale tanto aunque deje de ser trascendente o sea una burla al sentido común, y los valores personales, y lo verdaderamente espiritual, lo elevado y trascendente, y el Amor verdadero sentido desde el alma, todo esto no vale nada porque no se le puede poner precio. No se puede convertir en dinero: el dios supremo de la sociedad burguesa.
El sufrimiento. La sociedad burguesa rechaza el sufrimiento, trata de amortiguar sus efectos en los individuos como sea, eso sí, pasando por caja (pastillas, cirugías, pertenencia a grupos neo new wave, adoración al cuerpo…). Se alejan del dolor. Lo esconden incluso a nivel social, como hacen con todo lo relacionado con la Muerte, señalando como unos apestados sociales y unos débiles mentales a aquellos individuos que muestren su pena, su dolor, que hablen de ello en público. Pero, curiosamente, la expansión del dolor, de los traumas vividos, de los duelos mal llevados que se arrastran en vida… nunca se han extendido tanto a nivel social como hasta ahora. En cambio, el alma romántica decimonónica siente el dolor, el sufrimiento, como algo inevitable en su perspectiva existencial unida a la pasión, al ideal, al Amor… porque no hay nada en este mundo que dure para siempre. Por este motivo, cuando el alma romántica decimonónica experimenta un periodo expansivo de armonía y sensibilidad trata de exprimirlo hasta el máximo porque, como muy bien le recuerda constantemente la Dama Muerte, no sabes si mañana estarás aquí. Un carpe diem exaltado y unido inseparablemente al Memento Mori existencial, que marca la diferencia entre el burgués cada vez más endurecido emocional y sentimentalmente cuanto mejor le vaya en este mundo y, a su vez, cada vez más desencantado con la artificialidad que muestran las personas que siguen su mismo juego social y personal en pro del Ego. Y el alma romántica decimonónica elevando incansablemente su plano existencial que expande su nivel de sensibilidad, su mirada a lo bello en todas sus manifestaciones (bello, sublime y siniestro), impulsado por un ideal que sabe que nunca alcanzará, pero que le permite elevarse espiritualmente como un místico entregado en cuerpo y alma a Dios.
El Amor. Para la sociedad burguesa, tanto tienes, tanto vales. Da igual como seas, aunque seas un auténtico psicópata dejando un rastro de destrucción y dolor a su paso. Incluso, el burgués señala al psicópata de éxito como modelo a seguir, subrayando su realidad unida al Homo Homini Lupus como credo social y personal a imitar por los ciudadanos, mejor dicho, consumidores posmodernos. Mostrar amor, sensibilidad, espiritualidad… son vistas y señaladas por el burgués como debilidades del individuo a corregir y eliminar si quiere tener éxito en este mundo. Para el burgués, el éxito lo es todo aunque se haya conseguido a través de lo corrupto: más dinero, más fama, más posesiones, estar rodeado de mujeres y hombres bellos que provoquen envidias… Para el burgués eso es lo importante en esta vida. Según el burgués, actualmente, de qué sirve ser una buena persona, un individuo con valores, un ser con sensibilidad y empatía hacia los demás (o hacia otros seres no humanos), una persona con aspiraciones espirituales y trascendentes. Por este motivo, cuando un burgués habla de amor, no habla del auténtico Amor, sino de lo que socialmente se identifica como amor para proyectarlo como muestra social de su éxito. Un amor interesado, corrompido en lo más profundo, y la gran mayoría de las veces convertido en un atrayente producto deseado a nivel social… que necesitas obligatoriamente dinero para poder conseguirlo. Lo burgués no entiende el amor si no se amalgama con dinero… con mucho dinero, cuanto más, mejor, más amor será y más durará en esta sociedad materialista por él creada. En cambio, para el romántico decimonónico, el Amor es la máxima expresión del sentimiento profundo más allá de lo físico, de lo material, de los convencionalismos sociales, de los prejuicios, porque el Amor cuando nace, cuando se manifiesta, es siempre trascendente. Siempre provoca una elevación del plano existencial porque su energía es espiritual, mucho más allá de la Razón y de la Lógica humana. El Amor es lo que da sentido existencial al romántico decimonónico en este mundo, en este presente convulso y cada vez más caótico y salvaje donde lo verdaderamente humano ha perdido su sentido, su trasfondo, y su influencia en la sociedad occidental que solamente entiende de una cosa: eres el dinero que posees. El Amor verdadero, el que mueve al romántico decimonónico latente en este siglo XXI, no se puede comprar con dinero. Incluso mencionarlo, ya mancha su halo, envenena su interior, lo desvirtualiza porque el dinero lo envilece todo cuando se convierte en el dios a adorar por una sociedad o civilización, arrojándola inexorablemente al abismo de su decadencia. Sociedad burguesa versus alma romántica decimonónica en este siglo XXI, dinero versus Amor.
Y cuando llega la tormenta vital, el Amor sentido por el alma decimonónica en este siglo XXI, es rechazado tras un largo periodo de convivencia junto a la persona amada, que nunca dejará de amar mientras siga en este mundo (aún siendo consciente en su presente que ese Amor ya no volverá a darle calidez emocional y complicidad sentimental). Su esencia se encuentra en el cuadro “Spleen et Idéal” (1907) del genial pintor simbolista Carlos Schwabe (1866-1926). Esa conexión absoluta con su imagen, y con cada uno de los elementos simbólicos que lo configuran. Una belleza que va mucho más allá del Arte, identificándose desde lo más profundo de su interior con este choque existencial entre el spleen, la melancolía romántica, “el mal del siglo” (mal du siècle), y su Ideal unido a lo espiritual, a lo trascendente que lo eleva, de ahí que el Ideal tenga alas. Un spleen que trata de seguir seduciéndole con lo terrenal, con los rituales carnales vividos y experimentados hasta conectar con su interior más profundo y personal, que trata de convertir el ceremonial carnal trascendente en aquello que lo vuelva a unir a este mundo, pero el alma romántica decimonónica en este mundo actual mira hacia arriba, hacia lo inconmensurable, hacia lo más elevado a nivel espiritual porque ese Amor ya no existe en su presente. Su llama existirá siempre en su interior hasta el final de sus días, porque ama desde el alma, y también es consciente que se acabó como templo vivo en este mundo. En su sancta sanctorum recogió la llama sagrada que daba sentido a su vida, y retornó a su interior. Spleen e Ideal, una dualidad que está presente en el alma romántica decimonónica que late en este siglo XXI.
Félix V. Díaz
Lux Atenea
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